miércoles, 20 de febrero de 2013

El Desayuno

Desde el principio supe que el desayuno sería un campo de batalla. La primera vez que vine a Buenos Aires tuve un altercado con un mesonero porque prácticamente se negó a traerme un sandwich de jamón y queso a las 9 de la mañana, alegando que eso era “almuerzo”.


Parece mentira que uno de los mayores choques culturales entre el trópico y estas tierras pampeanas sea la primera comida del día, pero es así. Esta pobre gente se acostumbró a comerse dos gashetitas con mate para arrancar el día, y miran con un poco de asco a los cristianos que decidimos desayunar como la gente porque “¿a quién se le ocurre?, ¡huevos con jamón, café y jugo a la maniana!”. Yo les voy a decir a quien se le ocurre: a todo el mundo occidental excepto por ustedes y el pequeño país con el que limitan al oriente. 

Gente, nadie – óigase bien, ¡nadie!- pueden arrancar como se debe un día si sólo se echa al saco dos miserables galletas y un poco de agua hervida con hojas y palitos. Diosmio, el mate. No puedo ni siquiera empezar a hablar del mate. Dejaremos eso para otro día.

A mi argentino se me ocurrió hacerle una arepa una mañana que amaneció en mi casa, en los primeros meses de nuestra relación. Ahora sé que desde entonces me quería, porque la cara que pone cuando cuenta la anécdota es prueba más que suficiente de lo aborrecible que le pareció esa “torta frita” como primer plato del día.

Ese día se asomó a la cocina con mucho respeto intentando disimular las tripas retorcidas, y se comió estoicamente su arepa con jamón y queso aunque no pudo evitar comentar al pasar que le parecía un poco raro comer frito a la mañana. ¡Frito!, dijo el pobre santo, a pesar de que era una arepa asada. Menos mal que todavía no ha visto una arepa frita porque se desmaya.

Por muchos meses soporté por amor las mañanas  austeras a base de gashetitas, tostadas o medialunas con café. Hasta el día que mi estómago dijo basta y sin preguntar si quiera le asalté la nevera, me hice un par de huevos revueltos, empatuqué mis tostadas con mantequilla y me dispuse a desayunar como se debe.

Al principio le costaba el mero hecho de desayunar a mi lado. Sufría horrores viéndome preparar un sánguche de jamón, queso y tomate antes de mediodía. Pero de a poco se fue acostumbrando.

Ha pasado casi un año desde aquella primera arepa matutina, nos cansamos de contarle a nuestros amigos lo raro o pobre que desayuna el otro y hace rato que ninguno discute sobre lo que hay en el plato de en frente.

Por eso el domingo pasado casi me echo a llorar de ternura cuando me senté a la mesa y vi lo que me esperaba. Cuando vi el desayuno servido confirmé que el amor puede ser cualquier cosa y estar en todos lados, y en mi caso tenía la forma de una omelet de jamón y queso.

¿Quién lo diría? Ahora resulta que uno también puede desayunarse el amor.

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